La Transfiguración en nuestro siglo

La Transfiguración es uno de esos relatos que parecen escritos para tiempos de confusión, cansancio y búsqueda. Jesús lleva a tres discípulos a lo alto de una montaña, lejos del ruido, para mostrarles quién es realmente. No les da un discurso; les regala una experiencia de luz.

En nuestro siglo —marcado por la velocidad, la saturación de imágenes, la polarización y la incertidumbre— este pasaje nos recuerda algo esencial: no podemos vivir sin momentos de altura, sin espacios donde la luz de Dios nos revele lo que no vemos desde abajo.

Hoy, la montaña puede ser: un silencio buscado en medio del ruido digital, una conversación honesta, un acto de compasión, una comunidad que sostiene, una oración que nos reordena por dentro.

La nube luminosa que cubre a los discípulos no es para asustar, sino para envolver. En un mundo donde la sombra suele ser sinónimo de amenaza, Dios nos muestra que también puede ser sombra protectora, presencia que abraza, misterio que no destruye.

Y la voz sigue diciendo lo mismo que entonces: “Este es mi Hijo amado… escúchenlo.”

Quizá ese sea el desafío más urgente de nuestro tiempo: aprender a escuchar a Jesús en medio de tantas voces que compiten por nuestra atención. Escucharlo en los descartados, en la creación herida, en los jóvenes que buscan sentido, en los ancianos que guardan memoria, en los migrantes que cargan esperanza, en los niños que reclaman futuro.

La Transfiguración no es evasión. Es preparación. Jesús baja del monte para seguir caminando hacia la cruz y hacia la vida. También nosotros estamos llamados a bajar, transformados, para ser luz en lo cotidiano. (Crismon)

Domingo II Cuaresma

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“Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado.”

El desierto de Jesús no es un paisaje lejano: es un símbolo profundamente actual. Hoy también vivimos desiertos que nos exponen, nos vacían y nos obligan a mirar de frente lo que somos: La saturación de información, la prisa que nos devora, la soledad disfrazada de hiperconexión, la presión por “rendir”, “producir”, “mostrar”.

En ese contexto, las tentaciones de Jesús se vuelven sorprendentemente contemporáneas.

  1. “Convierte estas piedras en pan”

La tentación de reducir la vida a lo inmediato: “Dame resultados ya. Dame likes ya. Dame satisfacción ya.” Vivimos rodeados de “panes” que prometen llenar, pero dejan vacío: consumo rápido, entretenimiento sin pausa, productividad sin alma. Jesús responde que el ser humano necesita algo más profundo: una Palabra que oriente, que dé sentido, que sostenga.

  1. “Tírate abajo… Dios te sostendrá”

La tentación de buscar validación constante: “Mírenme. Apruébenme. Confirmen que valgo.” Hoy se expresa en la necesidad de ser vistos, de demostrar, de tener pruebas de que todo saldrá bien antes de dar un paso. Jesús nos recuerda que la fe madura no exige garantías; confía sin manipular a Dios.

  1. “Te daré todo este poder y su gloria”

La tentación del éxito fácil, del prestigio, del control. En un mundo que mide por cifras, visibilidad y rendimiento, esta tentación es sutil y poderosa. Jesús la vence recordando lo esencial: solo Dios es el centro; todo lo demás es relativo.

El Evangelio muestra que Jesús no vence por fuerza, sino por identidad: sabe quién es y a quién pertenece. Esa es también nuestra tarea cuaresmal: volver a la verdad, discernir lo que nos seduce, pero no nos humaniza, elegir caminos que generen vida, dejar que Dios Sea Dios en nuestra historia.

Y cuando Jesús permanece fiel, los ángeles lo sirven. La fidelidad, aunque cueste, siempre abre espacio para la ternura de Dios.

Domingo I Cuaresma

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40 días para volver al corazón.

El Miércoles de Ceniza abre un camino: cuarenta días para volver al corazón, para reencontrarnos con Dios sin máscaras, sin ruido, sin apariencias. Jesús, en este evangelio, nos invita a una revolución silenciosa: la revolución de lo escondido.

En un mundo donde todo se muestra, se publica y se mide por “likes”, Jesús nos recuerda que lo más verdadero ocurre donde nadie aplaude. La limosna, la oración y el ayuno no son gestos para exhibir, sino espacios de encuentro: con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

  • “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”: Jesús nos propone una generosidad que no busca reconocimiento, sino transformar vidas desde la discreción.
  • “Entra en tu cuarto y ora a tu Padre en lo secreto”: En tiempos de hiperconexión, Él nos invita a la intimidad, a apagar el ruido para escuchar la voz que realmente importa.
  • “Perfúmate la cabeza y lávate la cara”: El ayuno no es tristeza ni dramatismo; es libertad interior, es elegir lo esencial, es recordar que no vivimos de pan solamente.

Hoy, este evangelio nos cuestiona con fuerza: ¿Qué parte de mi vida necesita volver a lo esencial? ¿Dónde busco aplausos en lugar de autenticidad? ¿Qué gestos puedo vivir en silencio para que Dios sea el protagonista?

La Cuaresma no es un peso, sino una oportunidad. Un tiempo para rasgar el corazón, como dice la primera lectura, y no la apariencia. Un tiempo para reconciliarnos, para sanar, para volver a empezar. (Crismon)

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“No he venido a abolir, sino a dar plenitud.”

Este fragmento del Sermón del Monte es uno de los más exigentes y luminosos del Evangelio. Jesús no rebaja la Ley; la lleva a su raíz más profunda: el corazón. No basta con evitar el mal externamente; se trata de transformar la intención, la mirada, la palabra, la relación.

Hoy, en un mundo saturado de prisas, polarización, juicios rápidos y vínculos frágiles, estas palabras suenan casi revolucionarias:

✦ 1. La plenitud frente a la superficialidad:  Jesús nos invita a ir más allá del mínimo indispensable. En tiempos donde lo “suficiente” parece bastar, Él propone una ética del corazón:

 No basta con no matar; hay que sanar la ira. No basta con no cometer adulterio; hay que purificar la mirada. No basta con no jurar en falso; hay que vivir en transparencia.

La plenitud que Jesús ofrece no es perfeccionismo, sino coherencia interior.

✦ 2. La reconciliación como prioridad espiritual:  “Ve primero a reconciliarte con tu hermano.” En una sociedad donde abundan los desencuentros —familiares, comunitarios, digitales— Jesús coloca la reconciliación por encima incluso del culto. Hoy, reconciliar es un acto profético:

  • Pedir perdón, escuchar sin defenderse, renunciar a la última palabra, reconstruir puentes.

✦ 3. La mirada que dignifica:  Jesús denuncia la mirada que reduce al otro a objeto. En un mundo donde la imagen se consume, se compara y se usa, Él nos llama a mirar como Dios mira: con respeto, con pureza, con asombro. La conversión de la mirada es una revolución silenciosa que transforma relaciones, comunidades y modos de amar.

✦ 4. El sí que es sí: En tiempos de discursos ambiguos, promesas vacías y palabras que se desgastan, Jesús nos invita a recuperar la fuerza del “sí” y del “no”. La transparencia es un acto de libertad y de amor. (Crismon)

Llévame a la plenitud

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